TRABAJO SEXUAL EN COLOMBIA

Las trabajadoras sexuales han sido consideradas un grupo social históricamente discriminado y marginado, debido a los prejuicios y estereotipos que existen alrededor del oficio que ejercen. Esta situación se hace evidente en Colombia, al ser un país marcado por fuertes conductas religiosas y morales que siguen perpetuando la idea del trabajo sexual como un oficio indigno y pecaminoso. Esta idea, aún perdura para muchas personas incluso en tiempos actuales.

En el siglo anterior, existía una fuerte persecución hacia quienes ejercían el trabajo sexual. Si bien el oficio no estaba prohibido, el Código de Policía de 1970 le daba a las autoridades policiales el poder para restringir sus actividades y su ocupación en el espacio público. Entre los años 1994 y 2009, la Corte Constitucional había considerado este oficio como una “actividad denigrante e inmoral” y afirmaba que quienes lo ejercían debían “rehabilitarse”.No obstante, fue en la Sentencia T-629 de la misma corte en el 2010, en la que por fin el trabajo sexual fue considerado un trabajo digno como cualquier otro y se planteó que si mediaba la voluntad libre y razonada de una persona que vende el trato sexual, debe considerarse un trabajo.

A pesar de la sentencia, preocupa que se siga repitiendo condiciones de discriminación y vulneraciones a sus derechos laborales, como el hecho de que desde 1963 no se haga un censo estatal a este gremio sumandole la persecución policial hacia las trabajadoras sexuales en el espacio público, pues al no tener ningún reconocimiento por parte del Estado, no se les brinda protección ni garantías humanas ni laborales, lo que responde en gran medida a la ausencia de regulación del trabajo sexual y la consagración explícita de sus derechos.

“La policía siempre fue muy grosera y violenta, porque creen que tienen derechos y poder sobre el cuerpo de las mujeres en ejercicio del trabajo sexual, porque ellos creen que no tiene valor”, cuenta Mary Luz, quien ejerció el trabajo sexual por diecisiete años.

Por su parte, se debe señalar que regular el trabajo sexual en ningún momento responde a la explotación sexual, pues para que se esté en el primer escenario debe mediar la voluntad y libertad para el ejercicio de las actividades sexuales, elementos que están ausentes cuando se habla de explotación sexual. En este sentido, se debe rechazar y condenar cualquier acto de explotación sexual, en el que muchas mujeres se ven forzadas de manera violenta a realizar actividades sexuales para la remuneración económica de un tercero.

Medellín y otros municipios del Área Metropolitana tienen altos índices de este delito. Por ejemplo, entre 2014 y 2019, se presentaron aproximádamente 500 denuncias de explotación sexual comercial de niños, niñas y adolescentes en el Valle de Aburrá, donde la edad promedio de las víctimas era de 13 años y la mayoría de sexo femenino. Este delito debe ser rechazado y fuertemente combatido, pues no puede permitirse que las mujeres y niñas sigan siendo violentadas y despojadas de todos sus derechos en esta actividad ilegal, violenta y denigrante.

Esta lucha por el reconocimiento de las garantias laborales del trabajo sexual, es única y exclusivamente cuando este ejercicio es realizado desde una decisión propia y autónoma de las mujeres que lo ejercen. Cuando dicha retribución económica se da desde el consentimiento y consciencia plena de ambas partes de una negociación.

“Yo manejo mis propias reglas en la Veracruz. Yo decido con cuál sí y con cuál no, yo elijo qué quiero” expresa Claudia, una trabajadora sexual de La Veracruz en Medellín.

Desde el colectivo hemos podido acercarnos a muchas mujeres que ejercer el trabajo sexual por gusto y como una decisión plena y consciente en el ejercicio de su oficio. He aquí la importancia de que el reconocimiento del trabajo sexual como un trabajo digno no sea solo en los ámbitos político y legal, sino desde el mismo pensamiento colectivo de la sociedad, que vea a las “putas” como mujeres libres que eligen vivir una sexualidad con ánimo de lucro desde una decisión autónoma e independiente.

En este reconocimiento del oficio, aún queda un largo camino por recorrer en el país, pues no basta con despenalizarlo si no se regulariza y se le garantiza a las trabajadoras sexuales sus derechos humanos y laborales, para que puedan ejercerlo con toda la seguridad y donde puedan acceder a los mismos beneficios laborales que cualquier otro oficio regulado, buscamos que se les sean garantizados sus derechos al trabajo digno, salud, integridad y vida digna.

Información y datos tomados de:

Páginas - Explotación sexual y comercial de niños, niñas y adolescentes. (2020). https://www.metropol.gov.co/Paginas/Noticias/explotacion-sexual-y-comercial-de-ninos,-ninas-y-adolescentes.aspx

Daza, V. (2019). “Sin putas no hay feminismo”: Una mirada al debate sobre el trabajo sexual. from https://sietepolas.com/2019/03/20/sin-putas-no-hay-feminismo/

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